Vivimos obsesionados con los rituales de éxito de los gurús modernos. Que si levantarse a las 5 de la mañana, que si meditar bajo una cascada helada o devorar 50 libros de negocios al año para ser el más eficiente del ecosistema. Pero, tras más de 25 años gestionando operaciones, proyectos y equipos en el sector tecnológico, me he dado cuenta de una verdad incómoda: la optimización milimétrica del tiempo es una trampa.
Si miras de cerca mi día a día actual, es muy probable que pienses que mis métodos son, cuanto menos, poco ortodoxos. De hecho, confieso que tengo algunos hábitos que muchos calificarían de «raros» dentro del entorno profesional:
- Despertar sin alarmas: Desde que tomé el camino de emprender, decidí que mi cuerpo manda. Me levanto de la cama simplemente cuando me despierto.
- Cero notificaciones: No tengo ni una sola alerta activa en el móvil. Mi paz mental no es negociable; si algo es verdaderamente urgente, la solución es fácil: mejor llámame.
- Fuga de grupos vacíos: En el momento en que me meten en un grupo de WhatsApp que no aporta valor, no tiene un fin claro o solo genera ruido, me salgo sin remordimientos.
- Alergia a los manuales de negocio: Lo reconozco públicamente: me aburren profundamente la gran mayoría de los libros corporativos y de management tradicionales.
- Mi ritual sagrado de desconexión: Cada noche, justo después de cenar, me desconecto del mundo real jugando una partida al mítico Bubble Bobble.
A pesar de romper prácticamente todas las reglas del «manual del buen emprendedor hiperproductivo», los resultados siguen ahí. He dirigido proyectos complejos, liderado equipos multidisciplinares y coordinado operaciones críticas durante más de un cuarto de siglo en un sector tan exigente, cambiante y acelerado como el tecnológico.
La gran mentira de la hiperproductividad
Con los años, los errores y la experiencia, terminas descubriendo algo crucial: la productividad real no consiste en hacer más cosas.
Durante una época de mi vida yo también caí en esa rueda de hámster. Me sumé a la moda de levantarme a las 6 de la mañana para intentar estirar las horas del día. ¿El resultado? Casi muero en el intento y mi rendimiento no mejoró en absoluto. Optimizar cada minuto del día de forma obsesiva, cronometrar tus tareas o forzarte a leer los 50 títulos de negocio más vendidos del año solo sirve para llenar una lista de tareas (to-do list), pero no para generar un impacto real.
La verdadera productividad consiste en algo mucho más simple y humano: tener la energía disponible para las cosas que realmente importan.
Des-exprimir para rendir mejor
Mientras veo a mi alrededor a miles de profesionales exhaustos, intentando exprimir cada segundo del día y sacrificando su salud o su bienestar por el camino, yo he decidido tomar la dirección opuesta.
Llevo unos años enfocada en una estrategia totalmente diferente: des-exprimir mi energía. Esto significa proteger mis horas de descanso, delimitar mis espacios de concentración, eliminar el ruido digital innecesario y asegurar momentos cotidianos de juego, desconexión y disfrute.
Y te aseguro que, de momento, este enfoque me está funcionando bastante mejor. No solo a nivel de resultados profesionales y de negocio, sino en calidad de vida. Al fin y al cabo, relativizar y disfrutar del proceso es la clave de todo.
