Hace unos días me pidieron que compartiera algunos de mis errores más importantes.

La propuesta me hizo gracia porque, si algo no me falta, son errores para elegir.

Con los años he descubierto que tenemos una relación curiosa con ellos. Cuando los estamos viviendo solemos intentar esconderlos, justificarlos o pasar página cuanto antes. Sin embargo, cuando miramos atrás con cierta perspectiva, muchas veces son precisamente esos momentos los que explican quiénes somos hoy.

No recuerdo haber aprendido demasiado de las épocas en las que todo funcionaba razonablemente bien.

En cambio, sí recuerdo perfectamente las veces que me equivoqué.


Los momentos que más me han transformado no fueron mis grandes aciertos. Fueron mis mayores metidas de pata.


Emprender sin tener ni idea de lo que estaba haciendo

Cuando decidí dejar un trabajo estable para emprender no tenía un plan de negocio especialmente brillante.

De hecho, siendo sincera, apenas tenía un plan de negocio.

Venía de más de veinte años trabajando en empresas donde muchas cosas ya existían: clientes, estructura, procesos, equipos, marca. Sabía gestionar operaciones complejas. Sabía liderar personas. Sabía poner orden en situaciones bastante caóticas.

Lo que no sabía era crear un negocio desde cero.

Pensé que ya lo iría descubriendo por el camino.

Y, efectivamente, lo fui descubriendo. A golpes en ocasiones.

Cuando confundí los atajos con el camino

También me dejé seducir por esas historias que prometen resultados rápidos.

Ya sabes de cuáles hablo.

Personas que montan dos embudos, automatizan cuatro correos y parecen vivir entre Bali, Hawái y una facturación mensual que desafía cualquier ley física conocida.

Mi marido todavía me pregunta de vez en cuando qué fue de aquellos famosos diez mil euros al mes que iban a aparecer casi por arte de magia mientras nosotros intentábamos resolver cuestiones bastante más terrenales.

Aquella etapa me enseñó algo sencillo:

Los negocios suelen crecer mucho más despacio de lo que prometen las historias que se cuentan sobre ellos.

La venta no era el problema. Ignorarla sí.

Durante mucho tiempo pensé que hacer bien mi trabajo sería suficiente.

Que si ayudaba de verdad a las personas, las oportunidades llegarían solas.

Lo que ocurrió fue esto:

  • Confundí conversaciones agradables con oportunidades reales.
  • Confundí interés con intención de compra.
  • Traté el desarrollo comercial como una actividad secundaria.

Con el tiempo entendí que un negocio necesita un sistema comercial tan seriamente como necesita clientes o ingresos.

No porque vender sea lo más importante.

Porque sin ventas no hay negocio que sostener.

Mi querido modo kamikaze

Cuando algo me ilusiona tengo cierta tendencia a lanzarme.

Yo lo llamo entusiasmo.

Algunas personas cercanas lo llaman modo kamikaze.

Probablemente ambas tengamos razón.

La ilusión es maravillosa para arrancar proyectos.

El problema aparece cuando corre más rápido que la reflexión.

El error más caro: ignorar al cuerpo

Durante muchos años me sentí orgullosa de seguir adelante pasara lo que pasara.

Trabajaba cansada.

Trabajaba preocupada.

Trabajaba cuando lo razonable habría sido descansar.

Y además recibía reconocimiento por ello.

Eso hizo que tardara demasiado en comprender que una cosa es la fortaleza y otra muy distinta la desconexión de una misma.


El cuerpo tiene una paciencia infinita. Hasta que deja de tenerla.


Cuando finalmente te obliga a escuchar, descubres que llevaba mucho tiempo intentando hablar contigo.

El error que todavía me duele

Hoy hace nueve años que murió mi madre.

Y cuando pienso en aquella etapa hay algo que sigue acompañándome.

No haber llorado abrazada a mis hijos.

No haber permitido que vieran mi tristeza.

No haber aceptado que yo también necesitaba refugio.

Durante mucho tiempo fui la persona fuerte.

La que sostenía.

La que cuidaba.

La que estaba para todo el mundo.

Menos para sí misma.

Y quizá por eso este es uno de los errores que más me ha enseñado.

Porque no habla de una mala decisión concreta.

Habla de una forma de estar en el mundo que me acompañó durante muchos años.

Lo que he aprendido de todo esto

Me gustaría terminar con una gran moraleja.

Algo elegante.

Algo inspirador.

La realidad es bastante menos sofisticada.

Solo sé que las equivocaciones que más me incomodaron fueron también las que más me transformaron.

Si muchas de ellas no hubieran ocurrido, probablemente seguiría siendo la misma persona.

Y aunque sigo disfrutando muchísimo cuando las cosas salen bien, cada vez tengo más claro que crecer tiene bastante menos que ver con los éxitos de lo que nos gusta reconocer.

A veces el crecimiento llega disfrazado de error.

Y casi nunca avisa.