Desde que tomé la decisión de dejar mi puesto de dirección para lanzarme al mundo del emprendimiento, hay un comentario que suelo escuchar de vez en cuando. Una especie de runrún o creencia instalada en el sector: parece ser que, al emprender, te alejas de las organizaciones.
Cuando di el salto, mi objetivo era claro: quería probar la experiencia de emprender y construir mi propio sistema para seguir poniendo orden en el caos. Pero ya no quería hacerlo solo para una empresa; quería la libertad de poder hacerlo para cien, o para cien mil. Y de regalo, me encontré con una autonomía maravillosa.
Sin embargo, pronto me topé con esa barrera invisible de los prejuicios. Existe la creencia generalizada de que, al salir del organigrama tradicional:
- Te quedas fuera del día a día de las organizaciones.
- Te empiezas a quedar obsoleta.
- Pierdes la visión real del negocio.
Pero, ¿es eso realmente cierto?
Mismos retos, diferentes perspectivas
Hace unos días estuve charlando con varios amigos que ocupan puestos de responsabilidad en organizaciones tecnológicas. Mientras me contaban sus batallas diarias, me di cuenta de algo: sus problemas me seguían resultando totalmente conocidos.
Hlabamos de los retos de siempre, esos que no entienden de sectores ni de nombres de empresa:
- El crecimiento descontrolado y la falta de coordinación.
- Las prioridades que compiten entre sí y canibalizan recursos.
- Los silos (o «islas») entre departamentos.
- La falta de capacidad de gestión y los baches en la ejecución.
Escuchándolos, me reafirmé en la decisión que tomé. No he salido de ese mundo. Sigo exactamente dentro, pero ahora juego desde otra posición.
De ver una empresa a identificar patrones
Estar fuera de la estructura corporativa no me ha restado visión; al contrario, me la ha multiplicado. Trabajar de forma independiente me permite aportar un enfoque mucho más amplio, objetivo y fresco. Al no estar condicionada por las dinámicas internas, la política de oficina o el apego emocional al problema, la claridad llega antes.
La gran diferencia es esta: antes veía una organización desde dentro; ahora veo patrones que se repiten en decenas de ellas.
Antes conocía muy bien el funcionamiento de una empresa. Ahora entiendo cómo problemas prácticamente idénticos aparecen en organizaciones totalmente diferentes, con culturas, líderes y tamaños que no tienen nada que ver entre sí.
Lo importante no es el «dónde», sino el «cómo»
Por eso, ya no me preocupa si alguien piensa que dejar la gran empresa me aleja del mundo corporativo. He aprendido que lo importante no es dónde trabajas, sino si sigues entendiendo los problemas de quienes están dentro.
Hoy puedo ayudar a las empresas a ver sus propios nudos con más perspectiva, menos sesgos y el aire fresco que tanto se necesita cuando estás atrapado en la operatividad diaria.
Curiosamente, después de dar el salto, nunca antes me había sentido tan cerca de las organizaciones como ahora.
