Hay ejercicios que empiezas pensando que te ayudarán a escribir mejor sobre ti. Y luego están los que terminan ayudándote a entenderte mejor.

Esta semana me ha pasado algo curioso. Revisando mi trayectoria profesional para un ejercicio de marca personal me encontré mirando hacia atrás, recorriendo etapas que creía perfectamente conocidas. Lo que no esperaba era descubrir algo que había estado delante de mí durante más de cuarenta años sin que fuera capaz de verlo.

La informática no era el plan

Cuando tenía diez años hice un pequeño programa en un Spectrum. No era gran cosa. El programa escribía «Sole guapa» en la pantalla y poco más.

Sin embargo, aquello fue suficiente para que mi familia decretara mi futuro profesional.

«La niña va a ser informática.»

El problema era que yo no tenía ninguna vocación tecnológica especial. Lo que me interesaba eran las personas. Aun así, en aquellos años tampoco me planteé demasiado la cuestión. Supongo que di por hecho que ya encontraría mi camino.

Años después llegó el momento de elegir carrera y la informática seguía encima de la mesa. Mi familia seguía convencida y yo seguía sin atreverme demasiado a llevarles la contraria. Recuerdo rellenar la solicitud universitaria con Informática como primera opción y Telecomunicaciones como segunda. Medicina apareció discretamente en tercera posición gracias a un pequeño acto de rebeldía adolescente que no tuvo demasiado recorrido.

Terminé estudiando Ingeniería Informática.

Y terminé la carrera.

Todavía hoy me sorprende. Y aún tengo pesadillas pensando que me queda por aprobar sistemas operativos.

Lo que realmente me gustaba no era la tecnología

Los primeros años de trabajo siguieron una trayectoria aparentemente lógica. Programación, consultoría, implantación de ERP, dirección de proyectos, liderazgo de equipos…

Visto desde fuera parecía una carrera tecnológica bastante convencional.

Visto desde dentro, no tanto.

Lo que más disfrutaba nunca era la herramienta, ni el software, ni la parte técnica. Lo que realmente me fascinaba era otra cosa. Me encantaba cuando una situación era compleja. Cuando un proyecto estaba desordenado. Cuando un equipo necesitaba reorganizarse. Cuando una empresa crecía más rápido que su capacidad para gestionarse.

Siempre terminaba apareciendo ahí.

Y siempre me encontraba haciendo algo parecido: intentar entender qué estaba pasando y construir una estructura que ayudara a que las cosas funcionaran mejor.

En aquel momento no le di demasiada importancia. Pensaba que simplemente formaba parte de mi trabajo.

La pregunta que lo cambió todo

Muchos años después, una persona muy querida me hizo una pregunta aparentemente sencilla.

—¿Dónde te ves dentro de cinco años?

Y ocurrió algo extraño.

Sin pensarlo demasiado apareció una palabra en mi cabeza.

Emprendimiento.

Recuerdo perfectamente la sorpresa. No porque me disgustara la idea, sino porque no tenía ningún sentido.

Me gustaba mi trabajo. Tenía una carrera consolidada. Había crecido profesionalmente. Además, venía de una familia donde la estabilidad y la seguridad eran valores importantes.

Aquella respuesta parecía venir de algún lugar al que yo todavía no tenía acceso.

Sin embargo, se quedó conmigo.

Esperando.

A veces hay que parar para poder escuchar

Con el tiempo llegó un momento complicado.

Necesité parar.

O quizá la realidad es que llevaba demasiado tiempo sin parar y el cuerpo terminó tomando la decisión por mí.

Durante aquel periodo de reflexión volvió a aparecer aquella palabra olvidada. Esta vez ya no llegó sola. Llegó acompañada de una pregunta mucho más importante.

¿Y si toda mi experiencia tenía sentido fuera de una organización creada por otras personas?

Aquello fue el principio de una nueva etapa.

La sorpresa

Lo verdaderamente interesante llegó hace apenas unos días.

Mientras preparaba mi historia profesional para este ejercicio me di cuenta de algo que me dejó descolocada.

Durante años pensé que mi trayectoria había sido una sucesión de cambios. Programadora. Consultora. Directora de proyectos. Responsable de operaciones. Coach. Emprendedora.

Parecían etapas distintas. Sin embargo, al observarlas con perspectiva descubrí algo mucho más simple. Siempre he estado persiguiendo exactamente lo mismo:

Encontrar orden donde hay caos.

Crear estructura donde hay complejidad.

Aportar claridad donde otras personas solo ven ruido.

Cuando terminaba de entender un sistema, buscaba el siguiente. Cuando una situación dejaba de ser un reto organizativo, aparecía otro. Y de alguna manera he construido toda una vida profesional alrededor de eso sin ser plenamente consciente.

Lo que siempre ha estado ahí

Me gustaría terminar este artículo con una gran moraleja. No la tengo.

Lo único que sé es que, mirando atrás, hay dos fuerzas que aparecen una y otra vez.

Mi vocación de servicio a los demás.

Y mi capacidad para organizar la complejidad.

Han cambiado los puestos, las empresas, los equipos y las responsabilidades. Lo que nunca ha cambiado es aquello que me mueve.

Quizá el propósito no sea algo que se encuentra. Quizá sea algo que lleva toda la vida delante de nosotros hasta que un día, por fin, somos capaces de verlo.